Ana Mari y José Luis     Fecha  28/09/2004 11:44 
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Admin: Borrar mensaje Nuestra experiencia de duelo.
Mensaje Queridos amigos; hace unos días dejamos un mensaje en otra página de duelo. Nos vais a permitir que lo copiemos aquí para con ello haceros llegar que nosotros también tuvimos la experiencia del desgarro y del sufrimiento inabarcable. Con ello pretendemos haceros llegar la esperanza de que se puede alcanzar a percibir un rayoi de luz desde el que superar el sufrimiento.
Es bastante extenso, pero no he sabido resumirlo mejor.
Al final también os ofrezco la posiblidad de haceros llegar una "Charla" de un sacerdote francés especialista en el tema de "La vida después de la muerte"
Gracias a todos.

Queridos amigos unidos por el dolor del cariño herido.
Abusando de vuestra paciencia, me vais a permitir que pueda explicarme desde una perspectiva distinta a lo que hemos hecho hasta ahora.
Estoy pensando que tal vez no hablamos en el foro del Más acá y pueda parecer que el sufrimiento por el que TODOS pasamos ante esa experiencia tan desgarradora que nos une, no nos motiva suficientemente como para hablar de ello.
Quizá no os hemos contado que nosotros también sufrimos IGUAL que ahora muchos de vosotros. Quizá no lo hemos hecho porque nos parece obvio. O, quizá no lo hayamos contado porque os hemos sugerido que visitéis una página web en la que hace ya más de dos años dejamos nuestro testimonio junto al de muchas otras personas que cuentan su dolor –como lo hacéis aquí- pero que también han encontrado una salida que les ha permitido sobreponerse a la angustia que les/nos causó la separación de su ser querido.
Si en aquellos días de desesperanza y inmensa tragedia vital, hubiéramos encontrado una página como ésta hubiéramos sido unos más que, como vosotros, hubieran derramado un mar de lágrimas en cada palabra escrita. Hubiéramos hablado de nuestra desesperanza, de las nulas ganas de vivir, de la tragedia en la que se había convertido nuestra vida, de todo lo que estáis sintiendo.
Está claro, como veis en el foro, que los mensajes se repiten, que el dolor sacude de manera semejante en el corazón de cada persona. Que pocas personas escapan de las garras de la desesperación cuando la muerte se lleva a los que quieren. Que por ahí tenemos que pasar quienes no tienen la suerte de tener una fe en Dios tan fuerte como para no rebelarse ante algo que no queremos o no podemos entender. Nosotros, amigos, también pasamos por todo eso.
Pero no conocíamos nada de Internet, ni a nadie con quien conversar de nuestro sufrimiento... Algunas personas tienen la suerte de poder contar con su familia, con amigos, con otras que ya pasaron por donde ellos comienzan a caminar, pero nosotros no tuvimos esa posibilidad. La familia no supo o no quiso acompañar nuestro duelo, los amigos querían que cuanto antes nos despidiésemos de la memoria de nuestra hija... El dolor ajeno molesta, y la visita de la muerte asusta, más cuando la han vivido tan próxima. La gente te evita, les da miedo de que les puedas atraer la desgracia a su casa, etc... ¿A que a muchos de vosotros os suena todo esto? Pero permitidme que os diga que creo que no es justo culpar a nadie; el miedo es capaz de hacer desaparecer lo más noble de las personas.
Pues sí, amigos; nosotros también pasamos por todo ello. Nos quedamos solos con nuestra amargura, con nuestra desazón, con nuestra pena inmensa, con el corazón roto y con nuestra vida muerta junto con la de nuestra hija. Recuerdo que aquellos días descubrí que era capaz de producir lágrimas tan “gordas” que una sola parecía empapar el teclado del ordenador. Claro, amigos, nuestra amargura era como la de la mayoría de vosotros, como la de todos los “muertos en vida”.
Tampoco creía, al menos yo, en la transcendencia de la vida. En mi corazón no había esperanza, las razones para vivir se iban agotando día tras día sin remisión. Llegó un momento que sentía que nada, ni nadie (esposa, hijos –que eran ya mayores-, amigos) tenían derecho a encadenarme a una vida sufriente y absurda. Esperar a que la muerte me llegara y vivir en ese estado de angustia varios años más, ¿para qué? ¿por qué? ¿Es que iba a serle útil a nadie, si en mi corazón sólo había amargura? Había que ser valiente y quitarse del medio. A medida de que transcurrían los días todas las conclusiones a las que llegaba se aproximaban a favor del suicidio.
Un domingo por la mañana 40 días después de fallecer nuestra hija me senté ante el ordenador para despedirme del mundo y para despedirme de mí, eso sí, no se pasó por la mente dejar escrita la típica carta de despedida. ¿Qué ocurrió, entonces para que el reloj que me acercaba al final se parase?: ¡¡¡Un monólogo con Dios!!!
Primero y probablemente en muchos años pensé por mí mismo y analicé de dónde me había venido mi ateísmo. ¿Por qué creía que lo que existía era fruto del azar sin más? Y comprendí que parecía menos lógico dar al azar el protagonismo de la VIDA, que pensar que tras ésta había una INTENCIÓNALIDAD... No sabía de quién o de qué, pero no podía ser que el AMOR por mis hijos, que la emoción ante un bello paisaje, ante la inmensidad del cosmos, que el brillo en la mirada de los niños y tantas y tantas cosas... no fueran nada más que manifestaciones provocadas por unas sustancias que generaba mi cerebro... Yo no era una máquina, había algo más sustancial en mí, aunque fuera poca cosa.
Y me puse a increpar a “Eso” que suponía que debía estar detrás de todo. Y le insultaba, y le decía que por qué habiendo desarrollado tanta belleza, tanta perfección también estaba la guerra, el hambre, la miseria, los desheredados del mundo, los “niños con moscas en los ojos”... ¡¡¡LA MUERTE que rompe los amores!!! Y le decía a “Eso” que era un asesino, que jugaba con la gente, que era el Innombrable porque darle un nombre sólo podía ser el de Canalla, ...y cosas semejantes. A muchos de vosotros os suena, ¿verdad?

Pero en mi infancia crecí amparado en el Niño Jesús, que me acompañaba y no tiraba piedras a sus amigos, amparado en su Madre que me amaba como no lo hacía la mía, amparado en la Capilla de El Pozo de Tío Raimundo (el barrio más pobre de Madrid en aquel tiempo, el barrio de los perdedores de la guerra civil y de sus hijos, el de los inmigrantes y miserables, el barrio del deshecho social, el barrio antifranquista). Era aquella la Capilla a la que iba al salir del colegio, aunque solo fuera a llevar algunas margaritas silvestres a los pies de la Virgen o a mirarla y soñar que Ella me acariciaba el pelo y que a Su Niño le gustaba compartir a Su Madre conmigo, con todos los niños. Los domingos iba solo a la Capilla y me quedaba Misa tras Misa anhelando que llegara el día en el que también yo podría comulgar. Lo hice con 6 años... FUE EL DÍA MÁS FELIZ DE MI VIDA. Jesusito se hizo mayor y ahora VIVÍA en mí, su Madre estaba muy contenta, a la mía la vi derramar una lágrima a mi lado, creo que ésa fue la única que me ha dedicado en mi vida. Pobre madre mía, que no ha sabido hacerlo mejor; ¡que Dios la bendiga!
Y seguí creciendo, y nos fuimos del barrio, y llegó la pubertad y poco a poco tuve que elegir entre cumplir con los Mandamientos que la Iglesia me presentaba o “ser persona”. Y llegué a la conclusión de que me habían engañado, que me habían manipulado aprovechándose de mi inocencia. ...Y renegué de los curas y con ello de todo lo que me habían enseñado. Y me alejé de Dios, aunque Jesús siguió siendo mi referente de Vida. Años más tarde también lo fueron Nietzche, Sartre y su nihilismo existencial. Pero para entonces ya tenía una esposa, un hijo y suficientes razones como para no abandonarme a la tragedia de la vida. Así pasaron los años y un día mi hija, la luz de mis ojos, la alegría de mi vida DE-SA-PA-RE-CIÓ para siempre.

Cuando mi hija llegó a al mundo, sus hermanos mayores tenían 13 y 11 años. A ellos les pude dedicar poco tiempo porque tenía que trabajar mucho para conseguir los medios materiales para sustentar a mi familia. Cuando la niña tenía 4 ó 5 años entendí que ya no era imprescindible trabajar tantas horas y que había llegado el momento de disfrutar de mi familia. Cerré un negocio, hice una oposición y me conformé con ganar cinco veces menos, pasar de mandar a obedecer, de ser el primero a ser el último; todo a cambio de tener las tardes libres para estar con mi familia y sobre todo compartir el crecimiento de mi hija ya que escasamente pude hacerlo con los mayores.
Pero un día la vi exhalar su último respiro. La vi que nos abandonaba para siempre. Después la guardaron en un nicho, y la piedra que tapaba el ataúd me mostró el fracaso de mi vida.
Me quedaban dos hijos y una esposa, sí, pero ellos y yo y todos los mortales no eran nada más que motivos para seguir engañándome con el fin de darle un sentido a la vida de la que ésta carecía. ¡¡¡QUÉ ABSURDO SIN FIN!!! ¡Qué SIN-SENTIDO! ¡Qué ABISMO se abrió ante mí! Qué crueldad la de “ESO” que había organizado todo el “cotarro”. Qué despropósito. Qué humillación. ¡Qué Hijo de P...! Conmigo ya no iba a JUGAR más: “Puedes con todo, pero yo puedo evitar que sigas engordando tu crueldad a mi costa, porque yo puedo quitarme la vida y eso no lo vas a poder impedir”.
Aquel amanecer la Romanza de Narciso Yepes sonaba en los altavoces del ordenador una y otra vez, y con la guitarra se confundían mis sollozos, mientras mi familia dormía.
Otra increpación, otro insulto, cada vez más hundido... De pronto, no supe en aquel momento qué me impulsó a ello, de mis labios brotó una SÚPLICA. ¡DE PRONTO ME “RENDÍ”!, de pronto me di cuenta de MI SOBERBIA: cómo yo que era menos que una mota de polvo, tan miserable y tan débil que no pude salvar a mi hija de la muerte me atrevía a EXIGIR una explicación a “ESO” que de “SER”, de EXISTIR no podía ni tan siquiera imaginar yo su PERFECCIÓN. Como una exhalación, derrotado y sin fuerzas para seguir insultando, exclamé: ¡¡¡Si ERES algo que EXISTE, por favor, TE LO SUPLICO; EXPLÍCAMELO!!! Necesitaba una explicación ante el despropósito de la muerte, del hambre, de la injusticia, de tanta miseria con la que convivíamos en la Tierra. ME DERROTÉ y rápidamente mis lágrimas se hicieron más suaves. Ahora se escapaban lentas, cayendo como una caricia hasta confundirse con mis labios que habían dejado de estar tensos. UNA CALMA SOBRENATURAL me ocupó. Y, en tres minutos escribí un pequeño poema, para mi hija como si ella estuviera en su cama esperando que la despertara para venirse conmigo como hacía todos los domingos desde que le diagnosticaron su leucemia.
No habrían pasado ni 15 minutos cuando me levanté de la silla; tenía que arreglarme para salir. Anduve tres pasos, giré la cabeza hacia la derecha para recoger de la mesa algunos papeles y... SENTÍ UN LEVE GOLPECITO EN EL PIE IZQUIERDO. ¡Una foto sin marco de la niña, que debía estar en la estantería que quedaba a mi izquierda a la altura de mi cabeza, se encontraba ahora sobre la mi pie. La cogí, la puse donde debía estar y la empujé, la deslicé desde arriba, desde abajo, de un lado, de otro. La soplaba, aunque la ventana estaba cerrada, incluso la forzaba a caer, pero ésta no caía porque la estantería tenía un reborde en la base que la sujetaba impidiendo que cayera deslizándose. Cuando a fuerza de empujarla lograba que saltase de la estantería no caía al suelo sino que lo hacía sobre un mueble de medio metro de alto que era más ancho que la estantería. No, no había ninguna razón lógica que justificase lo que acaba de ocurrir con la fotografía y, sin entender la profundidad del hecho, SUPE que éste traía un mensaje, no supe el aquel momento que era “LA RESPUESTA”, pero fue suficiente como para ocupar mi mente en darle vueltas a lo que había pasado y no pensar en el suicidio. Aunque no lo supe entonces, la respuesta fue: Estás equivocado: LA MUERTE NO EXISTE. Lo demás lo irás entendiendo si partes de esa premisa.
Ahora SÉ que “ESO” me respondió, que me estaba RESPONDIENDO antes de que yo le pidiera la explicación que necesitaba. Que aquel olor a rosas que me despertó a los tres días del fallecimiento de mi hija, y que despierto seguí oliendo durante varios minutos, solo yo que apenas tengo olfato y estando mi mujer a al lado que sí lo tiene muy fino. Que aquel olor a rosas que no supe de dónde procedía y que no di más importancia y no lo relacioné con mi hija ni mucho menos, fue su primera “SEÑAL”. Señal que, ahora sé, que ella me había enviado alarmada, porque sabiendo lo que se “cocía” en mi mente hizo lo que pudo para evitar que me quitara la vida.
Si al menos hubiera sabido entonces que ES VERDAD que algunas personas reciben “señales” de la supervivencia tras la muerte. Si hubiera sabido cómo son éstas -que por ejemplo, el olor a flores es una de las más frecuentes-, si hubiera sabido mínimamente algo de todo eso, aquel olor me hubiera traído esperanza, hubiera marcado el comienzo de mi nueva vida.
Si lo hubiera conocido me habría ahorrado tanto, tanto sufrimiento que, después de muchas otras experiencias SIENTO QUE ES MI OBLIGACIÓN –mi esposa y yo estamos juntos en esto- ofrecer nuestra experiencia allí donde haya una persona que esté sufriendo como sufríamos nosotros. Y lo hacemos sabiendo que podemos provocar la risa, la desconfianza, la ira, que nos ataquen o difamen, y a veces, por lo visto, también la envidia, aunque esto es lo que menos comprendo porque, desde mi punto de vista, no es lo más importante que alguien reciba o no “señales”, sino el hecho de lo que ellas significan para la humanidad; ¡QUE LOS MUERTOS VIVEN! ¡QUE LOS MUERTOS NOS HABLAN! Al menos esto me parece muy importante para los que enterramos a los nuestros creyendo que es el FINAL. ¿No es suficiente regalo? Ya hubiera querido yo haberlo sabido antes; cuánto dolor me hubiera ahorrado... Pero por encima de todo, el poder ser útil a una sola persona nos merece la pena pasar por todo eso, y ante esa posibilidad la opinión que los demás se formen sobre nosotros carece de importancia; no tengo ningún apego al crédito que los demás ejerzan sobre mi pequeña persona. Sí es cierto que me apena que alguien se pueda llegar a sentir herido en sus sentimientos, pero es algo que no podemos evitar ya que cada uno es dueño de sus sentimientos y del uso que haga con ellos.

¿Comprendéis por qué estamos dedicando la vida a explicar cómo se las ingenian nuestros seres queridos para hacernos saber que siguen vivos? ...Porque yo creía que “esas cosas” eran “cosas de viejas”, de ignorantes, o de farsantes que querían aprovecharse del dolor ajeno. Estaba tan seguro de ello que jamás presté atención si alguien hablaba de algo relacionado con el “mundo de los muertos”. ¡Cómo no voy a comprender a los escépticos si yo era igual! Pero justamente porque no me cabía en la cabeza tampoco les juzgaba; era un tema al que no dedicaba ningún esfuerzo, ni para bien ni para mal. Pero cada uno dirige su vida como puede y sabe y no se trata de ejercer ninguna moralina para nadie.

Después de todo esto, como ya dejé dicho en un mensaje anterior; cuántas cosas habremos vivido, cuántas experiencias propias y ajenas habremos conocido como para estar SEGUROS de que la vida continúa, que nuestro sufrimiento les causa tristeza -a veces algo más que tristeza-, que tenemos un PADRE BUENO –lo entienda cada cual como quiera- que espera paciente a que nos rindamos y pidamos que nos abrace. Que Es un PADRE que no fuerza, un PADRE que ESPERA anhelante que le pidamos que nos abrace, para darnos el calor de SU INMENSO AMOR.
Poco a poco hemos comprendido que en el ejercicio de Su AMOR nuestro PADRE no interfiere en nuestra conducta, y no evita las consecuencias que ella provoque en sus otros HIJOS porque respeta nuestra voluntad por encima de todo, pero que cuando dejamos la Tierra recompensa sobradamente a los que sufren la injusticia de sus hermanos.
He comprendido que somos eternos como Él mismo, porque somos destellos de Su ESENCIA y que, por lo tanto la MUERTE no EXISTE como final de lo que SOMOS. He comprendido, porque SÉ que seguimos existiendo, que lo que termina con la muerte es la atadura a un cuerpo físico al que hemos estado unidos como el viajero a su sombra; sombra que desaparece al entrar en la LUZ del Otro Lado de esta realidad física. Que morimos cuando acaba el plazo para desarrollar una tarea que nos dimos antes de ocupar nuestro cuerpo. Un aprendizaje necesario desde el que seguir evolucionando como conciencias en otra REALIDAD más sutil. Y he comprendido que todo eso está dicho por el SER que más nos AMA y que con su conducta en la Tierra nos mostró EL CAMINO para alcanzar la GLORIA DE DIOS. Pero no le hemos creído y el sufrimiento desgarrador es la consecuencia porque creemos que somos lo que vemos y no lo que sentimos. Nos afanamos por triunfar sobre lo material olvidando que todo eso lo dejamos cuando abandonamos a su desintegración el cuerpo físico. Nunca tenemos bastante. Nos estimula POSEER más que SER... En fin, que somos unos pobres desgraciados que no queremos EL ABRAZO DE DIOS.

Amigos, si descubrir que la vida continúa más allá de la muerte fue lo más maravilloso que conocí, pues cuando enterré a mi hija ni soñando podía creer que eso fuera posible, no puedo calificar con palabras la ALEGRÍA de haber descubierto el INMENSO AMOR DE DIOS por toda Su OBRA.
Gracias a haber comprendido todo esto, mi actitud cuando no entiendo alguna cosa es la de CONFIAR que DIOS SABE LO QUE TIENE QUE SER Y EL POR QUÉ e intento abandonarme a SU VOLUNTAD.

Una cosa más: ¿por qué unos reciben tanto y otros nada? No lo sé, pero sé que las respuestas –estas y todas las demás- están en el interior de cada uno, PORQUE ALLÍ ESTÁ LO QUE CADA UNO DE NOSOTROS SOMOS Y PORQUE ALLÍ ESTÁ DIOS ESPERANDO QUE NOS “RINDAMOS”- no que nos humillemos o algo parecido- ANTE LA SOLICITUD DE SU AMOR.
Gracias a quienes hayan tenido la paciencia de leer todo este rollo. Pido perdón si por no saber explicarme mejor alguien se siente herido o simplemente molesto. Insisto que sólo queremos “echar un cable” a quien quiera agarrarse a él, nunca convencer ni crear inquietud. Bastante sufrimiento nos causa el fallecimiento del ser querido como para añadir ni un gramo de aflicción.
Gracias a todos.
Ana Mari y José Luis.

El P. François Brune es un sacerdote francés, especialista en lenguas muertas y Cristianismo oriental; autor de varios libros de Mística y de divulgación de lo que se lleva investigado sobre "La Vida después de la Muerte". Es ponente en prácticamente todas las conferencias que sobre este tema se organizan por el mundo. Podéis tener referencias de él buscando en Internet.
El año pasado estuvo en Madrid y nos ofreció una "Charla" a un pequeño grupo de personas, la mayoría en situación de duelo.
La hemos transcrito con la intención de hacerla llegar a quienes sufren la pérdida, independientemente de sus creencias; religiosas o no.
Aquel día se encontraban entre el público varias madres cuyos hijos se habían suicidado. Tras oír a este sacerdote sus miradas habían cambiado, la alegría de haber comprendido que sus hijos estaban en la Luz de Dios se hacía patente en el brillo de sus ojos.
Lejos de ser una conferencia al uso, las intervenciones del público asistente y las respuestas directas a sus preguntas hizo de aquel acontecimiento una experiencia excepcional. Gracias a esta accesibilidad tuvimos la oportunidad de aclararnos respecto de algunos malentendidos que vertidos entre la opinión pública como Verdad contrastada, no hacen sino confundir y añadir angustia y sufrimiento entre las personas ante el hecho de la muerte.

Aquellos de vosotros que estéis interesados en leerla no tenéis nada más que hacérnoslo saber a nuestra dirección de correo. Con mucho gusto os la heremos llegar por ese medio. Creo recordar que son menos de 30 páginas en total, pero supongo que son demasiadas como para dejarlas aquí.

Amigos; gracias por todo. Sabed que compartir entre nosotros vuestra emociones y sentimientos nos ayuda a confirmarnos en la "tarea" que mi mujer y yo nos hemos comprometido a realizar en nuestra vida, ...Y eso es lo que da sentido al fallecimiento de nuestra hija: tuvo que "partir" para que con su ausencia física descubriéramos el camino desde el que encontrar el "sentido" de nuestra vida. ¡Gracias!
¡Que Dios nos bendiga y nos traiga un poco de paz a todos!
Ana Mari y José Luis.




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